A los implicados
Hace poco más de un año, un hecho marcó a un grupo de jóvenes. La más enérgica fuerza de cambio se vio reducida a una revuelta: la conciencia fue lo que falló. Como los mambises del Zanjón, se dejó caer la espada por no poder sostenerla. No fuimos malos ni débiles; no se supo llevar el peso de lo que se representaba. Ya vendrá otra guerra, una chiquita. ¡Y una necesaria!
Hace poco más de un año, un hecho nos marcó a un grupo de jóvenes. Nos tocó muy de cerca. A algunos nos sumió en una angustia que conducía a replantear mucho de lo que se creía. Otros sacaron provecho, y otros, claro, ni se enteraron, incluso estando ahí. Con lágrimas asomadas escribí estas líneas, que he esperado este tiempo para publicarlas. Lejos de aquellos momentos, curado de toda huella que pudo quedar, las muestro con la absoluta responsabilidad que amerita. No es intención herir, reprochar, y mucho menos desatar viejos conflictos unidireccionales. Más bien, quiero mostrar lo que sentí mientras lo escribía. Es doloroso recordar, pero hay que hacerlo. Perdone el lector que nos visite si no entiende los hechos específicos a los que hacen referencia estas líneas; por esta vez, ellas van dirigidas a otras personas.
A los implicados
En realidad no es tan evidente lo que pasó, al menos definirlo correctamente. Llegué a pensar que podía hacer una básica clasificación. Dividí a todos en dos grupos, definí un criterio, y separé en «los buenos y los malos». Descubrí que aquello no tenía sentido: el conjunto de los buenos poco a poco se me fue quedando vacío. Dividir un conjunto en dos para obtener uno de ellos vacío es una barbaridad. Resultó que todos habían cedido.
Olvidé esta idea y continué pensando. Lo mejor que podía hacer era sacarle provecho, convertir la energía de la derrota en algo útil. Estudiar lo ocurrido, ir a sus esencias, y con esto explicar lo que se mostró a la vista de los presentes —y de los que no lo estábamos—.
Ellos no eran los malos que nos fueron convenciendo para cambiar de idea, para soltar la espada. España no fue el villano al proponer el Zanjón; ¿lo fueron los mambises que lo firmaron? Solo eran hombres, ¿qué más desgaste se les podía pedir? Estaban cansados y no podían continuar una guerra, ya sin fuerzas. ¿Acaso Maceo se resistió mucho tiempo? Él también tuvo que retirarse del campo de batalla. Es evidente que no había condiciones para continuar la lucha, y era mejor dejarse llevar por el estado de las cosas. Por suerte, nunca luchar es un fracaso. Siempre luchar es como mínimo hacer presión.
Después de todo, pocos años después se hicieron concesiones, y la esclavitud desapareció. Cuba marchó mejor luego de aquella guerra. Incluso pudo parecer que no se podía cambiar la dependencia de la metrópoli, y muchos estaban felices por los beneficios obtenidos en la negociación. Parecía ser lo mejor. En realidad lo era; después de todo, no había condiciones para hacer una guerra. Se dejó caer la espada, y fuimos nosotros, pero porque ya no podíamos sostenerla. ¿Cuántas veces dejaremos caer la espada por no poder sostenerla?, porque claro está que no había condiciones para seguirlo haciendo. Era demasiado tiempo para una revuelta. Al menos, como eso quedó: como una revuelta.
Las revueltas son puro embullo, sentimentalismo espontáneo como catalizador de las más banales, mundanas y vacías rebeldía y ambición. Las revoluciones son la forma más acabada de manifestarse las soluciones a las contradicciones sociales. Los hombres de las revueltas van vacíos. Los de las revoluciones llevan el peso de las luchas sociales. Son la personificación del aspecto de la vida social que está siendo reprimido. No es el hombre, sino lo que representa, lo que lleva detrás y que lo hizo estar ahí. Si no hay conciencia de eso, esos hombres no existen. La diferencia entre una revuelta y una revolución son las ideas que defienden. Si no existen los hombres de la revolución, no hay revolución.
Por eso, la más enérgica fuerza de cambio revolucionario se vio reducida a una revuelta. La conciencia, eso fue lo que falló. No se comprendía que estaba en juego el respeto a la mayoría, a una conquista, a algo por lo que tantos lucharon. Los implicados pueden recordar con nostalgia la adrenalina de desafiar al poder, tal y como pudieron recordar sus participantes a la Comuna de París. Es un recuerdo muy grato. Reconforta el hecho de poder fracturar, aunque sea por poco tiempo, la estructura hegemónica. Recuerdan clima de cambios, cuando solo hubo pequeñas ráfagas confusas. Descansan de lo ocurrido. Se respira con alivio que todo haya pasado. Predomina el deseo de reposición de las energías perdidas en la contienda.
Se perdió mucho, se cedió ante un poder que no teme debilitar y dividir a los jóvenes por hacer primar sus intereses. La revolución, por falta de constancia en las ideas, se convirtió en una revuelta. Pero somos tan solo hombres, no se podía hacer más. También es un hecho que las contradicciones siguen estando ahí. Están y seguirán estando mientras no las concienticemos, y para entonces no serán incontenibles. No fuimos malos, ni débiles; simplemente no se supo llevar encima el peso de lo que se representaba en ese momento. Aún no se contaba con la madurez suficiente para enfrentar un hecho de tal magnitud. Se ganó en experiencia. Se tenía que ceder, no estaban creadas las condiciones suficientes de lucha. Estos hechos fueron nuestra paz impuesta, sin independencia, nuestro Zanjón. Hay que reflexionar: la lucha revolucionaria no es para todos; la revolución no es de un instante, es de toda la vida. Ya vendrá otra guerra, una chiquita. ¡Y una necesaria!
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