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La distribución

Distribuir la renta nacional no es lo que se hace después de crear riqueza: es parte del ciclo económico y, hecho bien o mal, decide el rumbo de la sociedad.

Por Miguel Alejandro Hayes · 5 de diciembre de 2017 · 3 min de lectura

Política2017
MAH

Hace algunas publicaciones había defendido la idea de que nuestros debates políticos se debían centrar en problemas reales; que lo necesario estaba en torno a ello. Eso no niega el espacio a otros temas, pero delimita una tendencia. Intentando predicar con el ejemplo, voy a continuar sobre esa línea. Problemas reales.

En el centro de la lucha de cada uno está construir una mejor sociedad. Cada cual le pondrá al nombre de esta el «ismo» que quiera; sin importar esto, se habla de algo mejor por construir o en construcción (dependiendo del punto de vista). Esa sociedad —no pocos estarán de acuerdo— lleva una justa distribución de la riqueza. Todos crecimos bajo ese precepto, el de dar una distribución justa de la riqueza (aclaro que no se habla aquí de igualitarismo).

Habrá quien salga al paso para decir que para distribuir hay que crear. Pero algo creado ya hay; hay poco en Cuba, pero hay. Si tenemos, entonces hay qué distribuir: hay bienes materiales y servicios para ello. No se puede esperar a que todo sobre para entonces comenzar a hacer la repartición justa. Se va aprendiendo sobre el proceso de construcción social, y con esto ir encontrando la mejor manera de hacerla. No hablo del cómo hacer lo correcto; solo planteo reflexionar sobre si eso que se supone poco de la renta nacional tiene una correcta distribución en el país.

Para comenzar, hay que ver qué importancia tiene el proceso en cuestión. Para ello hay que saber que por distribución se habla aquí de todas aquellas formas directas e indirectas (en sentido amplio de distribución y redistribución) en que nos llegan bienes y servicios, a través de salarios y de vías indirectas como subsidios. Evidentemente, la forma en que ese proceso ocurre es más que importante. Es parte del ciclo económico, que si no se cierra trae la crisis, en un sentido muy amplio. Garantiza que llegue a cada sector social lo necesario para su subsistencia. A partir de cómo se haga, se estimulan o desestimulan determinadas ramas de la producción social. Se logra un equilibrio o desequilibrio en la sociedad (igualdad o desigualdad en los ingresos); es decir, llevándolo al extremo, polarización con riqueza a un lado y pobreza al otro. Su correcta aplicación genera inclinaciones hacia lo positivo o lo negativo.

Viendo lo anterior, un punto de mira para mejorar la sociedad es, sin dudas, qué pasa con la distribución de la renta nacional. Así, problemas como salarios, impuestos, subsidios, pensiones y asistencia social en todos los sentidos pasan a la primera plana. En cómo hagamos esto va el futuro de la sociedad cubana. ¿Y si nuestro sistema, tal y como está, no estimula el florecimiento de la mejora de vida de las clases trabajadoras? ¿Y si se estimula actualmente la desigualdad con las políticas económicas y sociales? ¿Y si los ingresos se están direccionando a estimular a sectores no necesarios, o desviando la atención de los que deben ser prioridad? Esto sería un crimen, pero corregible en la medida en que se encuentren y difundan sus deficiencias.

De seguro, seguiré —y no solo yo— escribiendo sobre este tema, porque es muy rico, polémico y, sobre todo, necesario. Solo propongo pensar en lo nefasto de no manejar eficientemente la riqueza nacional y, con ello, incluso sin quererlo, destruir o empujar a la destrucción de parte de lo ya construido. En ella está en juego la gestación de crisis, el devenir de las mejoras sociales y el impulso de la economía. Una correcta distribución es también crear, construir una mejor sociedad. Abrir su debate podría ser parte de su mejora.

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