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Le llaman socialismo

La crisis del socialismo es la crisis de lo que así hemos llamado. El pensamiento mediado por el lenguaje ha confundido palabras con cosas. Se llama socialismo a lo que el discurso político bautiza de ese modo, a lo guiado por un partido comunista, a sustituir el mercado por la asignación central; y enemigo del socialismo a cuatro chinchales. El lenguaje es de cuidado, ¡mire a lo que nos lleva!

Por Miguel Alejandro Hayes · 23 de octubre de 2019 · 4 min de lectura

Publicado en La Trinchera · archivo

Marxismo y teoría2019
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La crisis del socialismo es la crisis de lo que así hemos llamado. Para bien o para mal, el pensamiento mediado por el lenguaje, como en recurrencia a otras épocas, ha confundido palabras con cosas.

Se llama socialismo no a una construcción de relaciones y esquemas sociales capaces de autorreproducirse, sino a un estado al que se llega con heroísmo y mística política y que con nombrarlo se dejó atrás al capitalismo. ¿Acaso no se reflexiona en que, si existe un socialismo, no es más que un capitalismo que se está negando a sí mismo, al punto tal que su fundamento empieza a mutar? No parece hacerse mucho y, por el contrario, también se le llama socialismo:

  • A lo que el discurso político bautiza de ese modo (por eso su defensa termina siendo solo la defensa de un signo político: el gobierno chino, el vietnamita, el cubano, el boliviano…).
  • Al acto de concientizar —políticamente— a las personas (lo que muchas veces no deja ver que en realidad se trata de construir los cimientos y contextos de prácticas sociales orgánicas en pro del bienestar humano, donde se subvierta la cotidianidad).
  • A lo guiado por un partido comunista (idea esta que rara vez puede ser avalada ante la razón, primero con los argumentos de la psicología y las condiciones de vida de los obreros, y luego con lo mínimo de la evidencia empírica).
  • A la sociedad construida desde el atraso, en bronca con el imperio, sin recursos naturales en cantidad (porque, si no, no es una experiencia genuina).
  • A lo que se declara en pugna con el capitalismo (pero poco se sabe sobre la lógica de este último, y se le reduce a un conjunto de principios metafísicos y leyes trascendentales).
  • A asignar recursos sustituyendo al mercado por una planificación en nombre de la justicia social (sin notar que tal mercado nunca deja de estar presente, y que a lo que se le llama planificación no ha sido otra cosa que asignación central).

Por si fuera poco, están los que se han tragado el cuento de que lo que se haga llamar partido comunista es tal cosa.

A la par, se llama enemigo del socialismo:

  • A lo que jurídicamente sea reconocido como propiedad privada (sin ver que no el enemigo, pero sí lo que debe intentar transformarse, es la reproducción de las condiciones de la propiedad privativa, es decir, la que reproduce la asimetría de la apropiación del producto del trabajo social).
  • A cuatro chinchales que «son los que van a instaurar el capitalismo» (de paso, se porta el mito del buen emprendedor, el mismo que fue atacado por Marx en El Capital al demostrar que el capitalismo no surge de este —de un tipo que ahorró—, sino de la acumulación originaria).

Además, aunque esté en las narices, no se aprecia que esa misma acumulación originaria va encabezada por élites partidistas y militares, para lo que utilizan todo su poder supraestructural.

Lo peor es que, al aceptar todo lo que ha sido conocido como socialismo y asociado a este como si lo fuese, se niega y se impide ver otras sociedades o experiencias que pudieran tener algo de socialismo (aunque estas estén delante, serán rechazadas por causa de la envoltura ideopolítica).

Tal vez todavía parte de las fuerzas que defienden el socialismo no han sobrepasado las barreras que el sentido común dominante y la enajenación imponen y que se apoderan de la semantización de términos que luego contaminan el ideal.

Hay un gran problema ahí donde los entusiastas, activistas y militantes no van a pensar el socialismo como concepción(es) a elaborar, sino que ya traen un lenguaje elaborado de modo que ancla la reflexión (propiedad privada, capitalismo, explotación) y una idea preconcebida de moldes (partido a la guía, moralización socialista a la sociedad, etc.). Y ahí está la derrota: en una ontología socialista basada en un conjunto de requisitos jurídicos, políticos, estructurales, que se queda en un debate especulativo, con muchos qué, pocos cómo, y casi ningún por qué. Así ha estado buena parte del intercambio y el conflicto dentro de la tradición socialista, lamentablemente.

Por el contrario, el ejercicio serio requiere desprenderse de esas ideas previas y meditar sobre qué tipo de dinámicas podría construir una sociedad específica y qué necesita esta para reproducirse e ir reduciendo sistémicamente las asimetrías sociales.

Mientras tanto, eso que llamamos socialismo seguirá en crisis y se seguirá defendiendo no solo un conjunto de cosas equivocadas, sino que la lucha será en última instancia para respaldar una postura de estado, casualmente la de un estado-partido; o sea, la postura de un grupo en el poder que gobierna para sus intereses, pero a nombre de los obreros.

El lenguaje es de cuidado, ¡mire a lo que nos lleva!

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