Los premios Lucas
Una reflexión a partir de la entrega de los premios Lucas en el teatro Karl Marx. El arte no es una regla universal: cada época y lugar crean su propia noción de él. Los premiados —Los locos tristes, Cimafunk, Mi casa.cu— dicen mucho del buen estado de nuestro arte, porque la realidad del artista se encuentra multiplicada en el público.
Como cada año, en el teatro Karl Marx se entregaron los premios Lucas. En ellos se reconocieron los mejores videoclips de factura nacional. Más allá del enaltecimiento a la cultura cubana que ahí se realizó, queda espacio a otras reflexiones. Confieso que asistí al evento por el mero compromiso de aceptar aquel regalo que no era otro que unas entradas para la segunda fila —alántico—, bien cerca del escenario. Pero durante el transcurso de la noche fui, contra todo pronóstico, sorprendido.
Era de esperarse que la competencia estuviese llena de vídeos de muy buena calidad, respaldados por la alta factura de los realizadores cubanos de la talla de Joseph Ros, Ángel Alderete y Alfredo Ureta. No soy experto en materia de arte, pero algo tengo bien claro:
Como la ciencia o cualquier otra actividad humana, el arte es el resultado de las experiencias de quien lo hace y de cómo este se relaciona con el mundo, cómo lo aprehende, cómo produce y autoproduce su realidad. Este nunca es algo puro, per se, desconectado del mundo. Por eso, lejos de una regla universal del buen arte, cada época y lugar crean su propia noción de este. Ello es producto de la identificación con una obra por parte del espectador, y de los patrones a los que estos se ajustan, resultado de una representación artística que conecta el conjunto de valores, tradiciones, etc., con una realidad social. De ahí que los Lucas digan mucho del (buen) estado de nuestro arte, porque no se premió el arte por el arte —que nunca existe— ni el que imita modas foráneas; sino que —conscientes o no— la selección de los premiados esconde cómo la realidad del artista se encuentra multiplicada en el público, de forma tal que las emociones que genera una creación se repitieron en quienes la seleccionaron ganadora, y en quienes festejan esos criterios. Más que profesión, esas «purezas de la forma» que ganaron no son otra cosa que emociones.
Por eso no es extraño que resultara premiada la agrupación Los locos tristes, un modesto conjunto que reconoció la sorpresa de que un trabajo realizado en tiempos libres de la banda, en una simple computadora, ganara. Era algo más que la imagen, era el conjunto de la pieza Nostalgia, que transportaba a una época, de la que quienes la vivieron, y los otros que no, sentimos nostalgia. No era estilismo, era la vibra.
De la misma manera está el joven fenómeno musical cubano, nada menos que Cimafunk. Resultó esperado su premio a video más popular, que demostró su gran aceptación en el público espiritualmente joven. ¿Por qué en ese público? Estoy seguro de que no es por el funk, ni el afrodance, ni el soul, ni la rumba, ni el bolero. Es el músico que cuidadosamente —sin caer en la trampa de la posmodernidad— no se encasilla en ninguno de esos ritmos y lleva en sí la tradición; pero que no la ahoga en una repetición acrítica del pasado, sino que la asume conscientemente y le da vida al adaptarla al mundo de hoy, manteniendo esencias, no formas. Tal vez por eso, por romper esquemas, por dar continuidad y no continuismo a tradiciones musicales, por la necesidad de asumir esa fórmula en otros aspectos de la vida más allá de la música, a nivel inconsciente se genera ese fenómeno Cimafunk.
Por último, y nunca en mejor momento, el anuncio de que se cambiarán los muebles de la casa se llevó el premio al video del año. Escuché esa canción por primera vez en el año 2013, y nunca la he sentido con tanta fuerza como hoy. Quizá ha tenido que esperar a este contexto, pero hoy Mi casa.cu es un himno, símbolo para todos los cubanos que queremos cambiar para que el proyecto se mantenga, y por eso conecta tanto la obra con el público. No fue el vídeo solo, sino cómo se relaciona con nosotros.
Y eso fue parte de los premios que se alzaron en Lucas y que me dieron una gran alegría, porque vi en ellos un arte que se aferra a la vida de los cubanos y que refleja el sentir de muchos. No sé en otras ocasiones, pero esta vez ganó el arte revolucionario, comprometido. Quedé satisfecho. Me alegro de haber podido estar ahí.
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