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Pensando en Corea del Norte

A raíz de un texto de Carlos Ávila Villamar, unas notas sobre el error de descontextualizar al hombre. Sacar nuestra mente de este contexto y meterla allá es como decir que el hombre del siglo XIX era infeliz sin aire acondicionado: la felicidad está enmarcada por los límites del conocimiento de la realidad. Sin la información que no tenemos, hablar de Corea del Norte es navegar por aguas inciertas.

Por Miguel Alejandro Hayes · 22 de febrero de 2018 · 3 min de lectura

Publicado en La Trinchera · archivo

Marxismo y teoría2018
MAH

Creo que tenemos problemas (incluso teóricos) más importantes de los que preocuparnos, pero la lectura del post de Carlos Ávila Villamar (amigo personal) me lleva a pensar en el tema. Esto no es una crítica directa, pero aprovecho mis breves señalamientos tras la lectura que realicé para lanzarme sobre el tema.

Primero me gustaría aclarar que los norcoreanos no son precisamente marxistas; mirándolo por donde se les mire, ellos no lo son. Lo digo porque fue una idea defendida que no captó la atención de los lectores.

Dice Carlos: «Los sistemas morales, extrañamente, no siempre surgen de la mano de un nuevo modo de producción, no siempre son su sombra». Sé que no es el punto central, pero armarse un sistema moral es cambiar el modo de producción, es decir, el que tiene un nuevo sistema moral tiene una nueva forma de producir su realidad. Debemos no solo saberlo, sino aplicarlo y dejar de pensar que un modo de producción es esa estructura económica de producción de bienes y servicios. Insisto, cambiar la moral es cambiar la forma en que se relaciona con la realidad el hombre, es decir, cambiar cómo la produce (su modo de producción entendido desde el individuo). Esas son concepciones generadas desde un marxismo vulgar que rechazamos aquí en La Trinchera.

Dejando esto, voy a ir a elementos más centrados en Corea del Norte. Recuerdo que ninguno de nosotros (quienes lean y escriban aquí) vamos ni hemos estado allá. Todo lo que sabemos está limitado a lo poco que nos llega. Ante eso, cada cual escoge con qué quedarse, y sobre eso nos armamos este dilema sobre si se defiende más o menos un régimen totalitario, y algunos, como Carlos, simplemente entienden que hayan llegado hasta ahí como sociedad. Con entender me refiero a conocer las condiciones que hacen que esa sea la forma de su realidad.

Yo critico mucho a Corea del Norte, pero a su sociedad en general, al proceso que construyen. Pienso que si se sintieran tan mal, no estarían así. No estoy afirmando o negando nada, solo ellos deciden cómo asumir su realidad. La forma en que lo hagan no debe ser cuestionada por nadie, o al menos, quien lo haga debe ser consciente de que lo hace desde las normas occidentales que tenemos. Si hubiera ahí una fuerte lucha de resistencia del pueblo, deberíamos tomar partido, pero mientras tanto es todo un juego de pensar que ellos están muy mal.

Si hubiese nacido en Corea del Norte, no sé si sería un rebelde perseguido o no; lo que sí sé, y lo tengo bien claro, es que si hubiese nacido ahí no sería quien soy, sino alguien más, con otra forma de ver la realidad. Eso es lo que nos pasa cuando sacamos nuestra mente de este contexto y la metemos allá: descontextualizamos al hombre. Sería lo mismo que decir que el hombre del siglo XIX era infeliz sin aire acondicionado, refrigerador… o que los bailadores cubanos jóvenes han vivido frustrados hasta que llegó el reguetón. Otro caso puede ser pensar que un niño de 6 años es infeliz por no tener relaciones sexuales. En todos ellos, la felicidad está enmarcada por los límites del conocimiento de la realidad y la relación con esta.

¿Qué realidad conocen los norcoreanos? ¿Cómo asumen la que tienen? Sin esa información (que no la tenemos) solo navegamos por aguas inciertas al hablar de Corea del Norte. De una forma u otra, dejémoslos que construyan su realidad por sí solos; recuerden que eso es lo que más le criticamos al imperio.

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