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¿Pensar como país? (II)

El interés común —tan necesario para un sentido de país— no es un rasgo «común» que se halla, sino la interdependencia más directa percibida. Se hace difícil pensar como país donde unos mejoran y otros empeoran, donde contrastan el cubano rico y el que no llega al día diez. Las asimetrías sociales son también las asimetrías de los intereses de sus portadores.

Por Miguel Alejandro Hayes · 28 de diciembre de 2019 · 3 min de lectura

Publicado en La Trinchera · archivo

Economía2019
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Y pensar como país, ¿se puede? Sabiendo que la nueva palabra —país— se sitúa en el centro del parteaguas —a un lado los buenos (los paispensantes), al otro los malos (los no paispensantes)—, se impone la pregunta: ¿podemos pensar como país? El discurso político oficial puede lanzar sus imperativos —como siempre—, puede enamorar e incentivar la emoción y el grito entusiasta, pero los hechos son testarudos y la última palabra la tendrá la cotidianidad que domine.

La colectividad que representa país es una metáfora peligrosa. Empuja a confundir el ser con su par normativo, de lo que derivan construcciones voluntaristas tales como la del deber social —muy de moda en otras épocas, por cierto—. Marx, en sus perdidos textos de juventud, nos enseña que el interés común —tan necesario para un sentido de país— no es el denominador común que se halla, sino una relación de mutua dependencia de los individuos entre quienes aparece dividido el trabajo. Es decir, no se trata de un rasgo «común», sino de la interdependencia más directa percibida. Es la misma razón que explica que tantos explotados en condiciones similares no acaben de unirse, o que ante un enemigo compartido la región latinoamericana no logre integrarse.

De ahí que pensar como país, que generar las condiciones de la subjetividad que requiere, no dependa sostenidamente de un adversario real en la Casa Blanca, ni de las metas de la macroeconomía, sino de cuánto, como cubanos, dependemos unos de otros; de cuánto el bienestar en su expresión más natural (cotidiana) de unos —o su inverso— es en razón directa el de otros; y de que seamos conscientes de ello.

Téngase en cuenta que se hace difícil pensar como país en un lugar donde unos mejoran y otros empeoran; donde se nota la desigualdad social; donde contrastan el cubano rico y el cubano que no llega al día diez. También es difícil pensar como país cuando ya hay —no barrios de pinchos y barrios del pueblo, sino que se tiene de nuevo— barrios de ricos —a veces con algún pincho de doble condición en ellos— y barrios de los que no lo somos.

Cuesta pensar como país cuando se duplicó la cifra total de visitantes foráneos y el florecimiento del sector privado y las reservas de los hoteles —en época del apogeo de las relaciones Cuba-EUA— y no aumentó el poder adquisitivo de forma perceptible a la economía del hogar. Para unos fue mejor; para otros, si no es por el noticiero, no nos enteramos.

A la par que se lanza la consigna que invita a tener un alto sentido de macrocomunidad, florecen las asimetrías sociales. Y las brechas de equidad son reflejos de cambios estructurales que están ocurriendo, los cuales tarde o temprano se traducen en intereses y en distanciamientos entre estos. Tales asimetrías sociales, con independencia de la velocidad o el sentido en que llegan los cambios, son también las asimetrías de los intereses de sus portadores. Son el debilitamiento a la interdependencia que sostenga el pensar al que se llama.

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