Unas notas rápidas en medio del debate político
Está muy bien montado el signo lingüístico pos 59: repetimos y nos creemos que somos un país en revolución, cuando ninguna revolución dura sesenta años. No vivimos en la Contrarrevolución, sino en la Posrevolución. Y la oficialidad, acostumbrada a una disidencia pobre, aún no aprende a lidiar con algo nuevo: que ya no todo el que no comparte su discurso es la derecha. Coexisten con ella el independiente y el opositor de izquierda.
Está muy bien montado el signo lingüístico pos 59 en Cuba —y no es palabrería—. El lenguaje nos domina, y repetimos —y nos creemos— que somos un país en revolución. La Revolución Francesa no duró más de diez años, ni podía. Una revolución no puede durar sesenta… En un sentido de cambios constantes acelerados, un país en Revolución durante un tiempo superior a una década no aguantaría, sobre todo porque las transformaciones pudieran ser mayores que las que las propias relaciones sociales soportarían. Por otro lado, un país altamente burocratizado no puede ser un país en revolución… ¿Suena contradictorio, verdad? Eso ya se ha dicho antes, pero debía empezar por ahí.
Aclaro que con lo anterior no he catalogado que vivimos en la era de la Contrarrevolución, sino en la Posrevolución. Afirmarse como que se está haciendo Revolución no sería entonces un argumento muy serio para que alguien se autovalide en cierta actuación o postura —aunque muchos se lo creen—. Estrechamente relacionado con eso, veo un fenómeno con el que la oficialidad —quien lo es de hecho y de conciencia, o ambas juntas— aún no se adapta a lidiar, en buena medida por autonominarse a sí misma como Revolución: no ser los únicos actores, o no ser las únicas voces con cierto discurso en favor del bien social y con un espacio para exponer sus ideas.
Durante años, dicha oficialidad estuvo acostumbrada a tratar con una disidencia pobre e incompetente desde el punto de vista ideológico. Todo era muy sencillo: esta última era la oposición. Era la derecha cubana que se juntaba con el enemigo. Con ese clima, el discurso oficial sale invicto ante la falta, no de alternativa, sino tan siquiera de otro discurso que sea creíble.
Pero los tiempos cambian. La apertura a nuevas formas de gestión, a nuevas lógicas de producción social, no solo se expresa en relación al papel moneda (actividad económica en el sentido estricto), sino también a la actividad cultural, política, ideológica. Por eso, la práctica «por cuenta propia» no solo es la puerta a cierta legalidad de la actividad independiente, y a un marco que la estimule y la valide, sino también un catalizador de la producción de subjetividades que apuestan por una actividad independiente —al menos, separada de los clásicos esquemas estatalizados—. Y los resultados se ven: mucho hay de producción cultural, económica, política e incluso académica, de manera independiente.
A todo ello, si se le suma cierto hermetismo en la actividad humana bajo la lógica estatal de propiedad (que a su vez, con sus insuficiencias, ocasionó la necesidad de la apertura a la actividad independiente), si no es capaz de satisfacer las dinámicas de realización como individuo que necesitan muchos, entonces estos irán a parar a los espacios independientes. La prueba de ello es el flujo que reciben estos, lo que demuestra que dichos espacios están atrapando las aspiraciones de una parte nada despreciable de la fuerza de trabajo cubana. Termina por ser que el sector estatal tiene que lidiar con un sector privado —hijo de sus propias contradicciones—, que, por cierto, en tales relaciones ha mostrado rasgos de intolerancia.
En el campo político-ideológico destaca la entrada en escena y proliferación de otros paradigmas de discurso político —otro discurso que responde a otras reglas—. En él aparecen alternativas al autoproclamado por decreto como la izquierda oficial, e incluso al opositor. De manera muy llana, a veces se asume todo lo no oficial como oposición y derecha. La cuestión ahí es que esos —estos— discursos independientes no pueden todos ser la derecha.
Ya no todo el que no tiene el mismo discurso que el gobierno es la derecha. Ahora coexisten con el oficial, también, el independiente de izquierda y el opositor de izquierda. La oficialidad tiene que aprender a lidiar con otro lenguaje revolucionario, incluso con dicha oposición de izquierda —tan legítima como la izquierda institucionalizada—.
Todos los medios independientes no son financiados por el imperio, ni trabajan para este, ni son «enemigos del pueblo» (debería ser considerado enemigo del pueblo todo aquel que orgánicamente contribuye a que, como mínimo, no mejore la situación de este, y en ese saco no solo va el imperialismo norteamericano). Lo revolucionario no es el gobierno; tampoco fuera de este se es lo contrarrevolucionario. Lo revolucionario se mide por la relación orgánica en pro de los cambios favorables a la nación. El veredicto sobre eso, a base de un mal uso de la teoría de conjuntos, no arrojará un resultado correcto. Descalificar a la actividad independiente que ha alcanzado la vida política-ideológica no es nada apropiado. Es cuestión de asumir su presencia y sus causas —los espacios vacíos de la actividad oficial en esos aspectos—. Tal parece que lo que molesta es la pérdida de la hegemonía ideológica absoluta.
Basta de acusaciones y de atacar al mensajero. Es solo una sugerencia.
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