Artículo

¿Destruir la revolución?

«Si se le pone nombre, se le convierte en cultura», señaló Eco. En Cuba, Revolución es un nombre que nos marca a todos y habita en la cultura. Como todo signo, goza de autonomía: intentar destruirla será en vano. Quien sea portador de ese símbolo irá a la cabeza del proyecto de transformación social. Su destrucción está bien lejos aún.

Por Miguel Alejandro Hayes · 13 de mayo de 2019 · 4 min de lectura

Publicado en La Trinchera

Política2019
MAH

Si se le pone nombre, se le convierte en cultura, señaló Umberto Eco. En Cuba, un nombre que deviene en propio nos marca a todos: Revolución. Su presencia es parte innegable de nuestra cultura. Las revoluciones tienen una existencia más allá de los hechos, habitan en la espiritualidad humana y, por ende, en su cultura. Mientras la nuestra habite ahí, seguirá viva.

Duras contiendas se llevaron a cabo contra un sistema colonial impuesto desde España y que no era querido por muchos cubanos. Esa lucha determinó la forma de pensar de generaciones siguientes. Así, una década del 30 vio lo que se nombró como Revolución irse a bolina. No se trataba de una cualquiera, sino de una hecha como aquella anterior cuyos resultados no se sintieron totalmente: una lucha insurreccional, armada, que derrocara el orden social; pero el pueblo estaba en condiciones de sentir la protesta, la huelga, pero no esa revolución.

Para el año 59 la sociedad cubana estaba en un momento superior de maduración. Si bien es cierto que nunca se está listo para una revolución, en ocasiones se está en un punto en que o se realiza esta o se retrocede. ¡Y llegó la revolución!, la que se había perdido antes. No se trataba de un nombre impuesto, sino que era aquel cambio que habitaba en parte del imaginario y que hasta entonces no había llegado.

Podrán aparecer los detractores y quienes de rosa colorean, pero algo es un hecho: muchos cambios hubo en la nación cubana —una revolución es un proceso en el que se cambia, más bien se subvierte, totalmente la sociedad—. Basta mirar la política, la educación, la salud, y sobre todo la mentalidad de la gente, para apreciar las magnitudes de lo ocurrido luego de enero de 1959.

La Revolución no era ya la aspiración de unos pocos, se convirtió en un fenómeno social. No es tan importante la cuestión de si modificó esto o aquello, sino que pasó a ser —como signo que deviene en arbitrario, y al igual que toda revolución— un símbolo. Había sido antes solo un símbolo que estuvo esperando, recorriendo el interior de la subjetividad social, hasta que al fin se realizó.

Tuvieron que pasar muchos años para que Revolución, con un sentido, adquiriera un significado de dimensiones sociales movilizativas, donde la mayoría se sentía activa dentro de las transformaciones que en esta iban haciendo.

Pero una revolución ya realizada imponía la necesidad de una nueva forma de pensarse a sí misma, y que esta vez no podía ser asociada al proceso de cambios propiamente, sino a la conservación de lo resultante de estos. La actividad de aquellos protagonistas visibles de la Revolución —las organizaciones y figuras que la encabezaban— fue la puntera de la actividad social que impulsó su nuevo significado —ese que conocemos hoy—.

Aunque el periodo de acelerados cambios se ralentizara, incluso se detuviera, Revolución pasó a ser un estado de cosas, una etapa de estabilidad de la historia; y aquellos hombres e instituciones, sus decodificadores, por tanto sus dueños. Así fue apropiada culturalmente.

Los proyectos o ideas que se planteen fuera de la Revolución y que no sean absorbidos socialmente bajo su sombra de símbolo están condenados a perecer, y así lo demuestra «el éxito» que ha tenido en la historia reciente de Cuba todo aquello que se ha definido fuera de esta.

Como todo signo, la Revolución goza de autonomía. De ahí que intentar ir contra esta, destruirla, será en vano. Quien sea portador de ese símbolo, del sentido que lleve a su significado, será quien vaya a la cabeza del proyecto de transformación social —para bien o mal—. El hecho de la permanencia del gobierno devenido de aquella Revolución es evidencia de ser este quien ejerce el poder sobre ella a los ojos de la sociedad. Por tanto, de las dinámicas de disputas políticas solo se puede aspirar a ser quien le dé significado.

No se debe olvidar: las revoluciones tienen una existencia más allá de los hechos, habitan en la espiritualidad humana y, por ende, en su cultura. Mientras habite ahí, seguirá viva. Es por eso que a su capacidad de producir y reproducir esquemas de asimilación de la realidad —a pesar de no ser la misma de hace tiempo atrás— le queda mucho dentro de la subjetividad social. Estamos hablando de un símbolo para la mayoría de los cubanos. Su destrucción está bien lejos aún.

  • Cuba
  • Revolución
  • política
  • cultura