Me hubiese sentido como un cobarde de no haber ido
Crónica de la marcha independiente por los derechos LGBTIQ en La Habana. El acto cívico se convirtió en una marcha bloqueada: no hace falta maltratar físicamente para ejercer violencia, bastaba la presencia policial poniendo límite al recorrido. Al gobierno, un llamado a la autorrevisión. Al movimiento, la lección de su propia capacidad. Intenté aportar un granito con mi presencia.
Bufón estaba en la guerra de Vietnam. Era un militar. Llevaba pintado un símbolo de la paz, y un letrero: «Nacido para matar». Él era la contradicción: soldado que llevaba su contrario marcado en el casco. Hoy yo iba con un pulóver blanco. En rojo, tres letras: FEU. Estaba en la marcha independiente por los derechos LGBTIQ en La Habana. Me sentí tan contradictorio como Bufón. No comparo, afirmo. Fui a una actividad no autorizada oficialmente, es decir, hecha al margen de la institución estatal; y yo con ese pulóver de la institución. No son excluyentes, claro, pero yo llevaba un símbolo de una organización —a la que no pertenezco— que carece de autonomía del gobierno —más bien le pertenece a este— en medio de un acto que fue asumido por el propio gobierno como un símbolo de desobediencia. No sé qué tan certero sea, pero no pude evitar sentirme así en un ambiente que no tardó en llegar a la clásica polarización.
Llegué tarde, como a casi todo lo que voy. Sin carga en el móvil, también como es habitual. Acompaña a estas líneas una distante foto que una amiga decidió pasarme. No me queda claro cuánto estuve físicamente ahí, aunque la parte intangible de lo que soy sí estuvo todo el tiempo. Pero apenas pude expresar mi apoyo a los derechos de la comunidad LGBTIQ. Apenas pude…
Fui solo. Ningún amigo que avisé se dignó a ir. Otros que sí fueron no me avisaron. Otros me llamaron, me advirtieron de no ir a la marcha, de que eso estaría malo. Argumento ese que me parecía vacío. Imagino, más bien sé, que a muchos se les dijo lo mismo, incluso los llamaron gente que no eran amigos. ¡Y pasó! Se hizo.
Pero el acto cívico se convirtió en una marcha bloqueada. No hace falta maltratar físicamente a todo un grupo para ejercer la violencia; ni siquiera hace falta tocar a una persona. Bastaba el estar ahí del cuerpo policial y de un grupo de ¿paramilitares? poniendo límite al recorrido. Eso hablaba por sí solo. La marcha fue hasta donde la dejaron, fue lo que la dejaron ser. Creo que esa era la primera muestra de violencia. ¿O cómo llamar al uso del poder, de su potencial simbólico como mecanismo de contención de los que expresan la necesidad de un merecido derecho?
También los golpes fueron. Sí, se dieron. Nunca pensé que iba a pasar, pero ocurrió. Sí, es verdad que fue a opositores al gobierno. Pero Cuba no es el Israel del Caribe, y mucho menos practicamos una especie de sionismo comunista. El estado socialista de derecho es de todos. ¿O será que hay que ser «políticamente correcto» para poder defender una causa? ¿Tiene el gobierno la propiedad de algunas causas sociales? No se puede ser «contrarrevolucionario» en el momento en que se lucha por sensibilizar respecto a un tema que las propias autoridades y la política del país parecen apoyar. Comienzo a sospechar que a algunos les importa más el partidismo político que lo justo de las ideas.
Se marchó con gritos de «¡Sí se pudo!». Se siente orgullo de ser parte de una movilización espontánea. Triste el final, donde pudo más la soberbia, la maldita dominación con su rostro paternalista, incapaz de soportar la incertidumbre de no poder controlar.
Nos quedan muchas lecciones. Al gobierno, un llamado a la autorrevisión. Al parecer, pierde sensibilidad ante el reclamo de un sector aún marginado de la sociedad —a pesar de que se ha avanzado—. Deberá empezar a valorar que el poder no siempre es punto de partida, sino que a veces es resultado. Posiblemente tenga ahora una parte de la comunidad que el Cenesex de seguro tendrá que luchar para recuperar su confianza. Al movimiento LGBTIQ en Cuba, la marcha le mostró su propia capacidad, al menos su propio potencial. También le señaló el camino de que hace falta su independencia, de que su causa debe ser guiada por ellos mismos, como hicieron esta vez. Tal vez sea el comienzo de una organización y articulación autónoma de lo LGBTIQ, donde se realice la negociación con la institución, y no una subordinación a esta. A nivel social, se pone la semilla de que se puede luchar por una idea, con o sin permiso.
Poco más puedo pensar en medio de la conmoción, y difícil ha sido concentrarme en estas líneas. Aún no supero el día. En cualquier caso, intenté aportar un granito con mi presencia. Me hubiese sentido como un cobarde de no haber ido.
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