Las revoluciones y sus líderes
¿El liderazgo fuerte de las revoluciones es prerrogativa del poder o necesidad histórica? Los pueblos salidos de la dominación colonial no eligieron a sus líderes: sus condiciones los empujaron a ellos. Como la religión de Marx, ese liderazgo se dejará atrás cuando las fuerzas productivas lo permitan.
A propósito del texto «La revolución contra todas las revoluciones», de Alina B. López Hernández, donde se plantea el pensamiento de José Martí respecto a los héroes y los gobernantes.
Las revoluciones lo tienen difícil. Una vez desplazan del poder a su enemigo, deben construir una nueva sociedad en las peores condiciones. A menudo, los antiguos héroes de las batallas continúan dirigiendo el proceso, comportándose con el mismo verticalismo característico de los tiempos de guerra. Pero ¿es esto una prerrogativa del poder o una necesidad política?
La relación del Apóstol con el marxismo no es el objetivo de este texto, pero está claro que Martí no estaba en la tradición de un pensamiento estrictamente dialéctico, y mucho menos en su variante materialista. ¿Podía estarlo en su circunstancia? La idea del condicionamiento histórico sobre los procesos y decisiones en sociedad estaba en su pensamiento hasta cierto punto, pero no era el elemento en el que se centraba.
No se trata de condenar la historia de los pueblos desde el más puro objetivismo, pero la sociedad no se construye del aire. Cada época ha podido levantarse y sostenerse en la medida en que sus condiciones lo han permitido o, mejor dicho, hacia donde le han empujado.
No dejo de pensar en un destacado intelectual cubano (al cual admiro y respeto muchísimo) que explica cómo el proyecto soviético de una construcción social entre todos fue abandonado por un modelo centralizado y estalinista. ¿Acaso esa sociedad podía permitirse más que lo que hizo?
Los tiempos difíciles que le esperaban a la URSS y el atraso de las estructuras semifeudales no podían aguantar a que espontáneamente se llegara a las condiciones deseadas. La amenaza de una guerra mundial y de agresiones necesitaban una mano dura para que el proyecto sobreviviera (sin justificar los crímenes del estalinismo, que yo mismo critico). Sin esa rudeza, la URSS no habría sobrevivido.
Pienso que es muy linda la idea de una sociedad participativa, donde el proceso social no se articule alrededor de una persona, sino que todos vayan decidiendo qué hacer; pero hay que ver qué posibilidades reales se ha tenido en los períodos históricos.
La revolución haitiana, por mucho que intentó romper con el sistema esclavista, tuvo que sostener por un tiempo una estructura igual con un rey negro, porque su capacidad productiva (en el sentido hegeliano) no le permitía, aunque quisiera, tener otra realidad.
Igual considero que pasó con América Latina en otra época: esos pueblos, ya fuera de las garras del imperio español, no estaban maduros como individuos para construir las sociedades soñadas, y la prueba está en el fracaso del proyecto de la Gran Colombia y todas las divisiones que generaron la gama de países de nuestra región.
Quizá este mismo pensamiento fue el que hizo que Céspedes, en un primer momento, no se opusiera radicalmente a la esclavitud —porque, aunque no lo quisiera, una parte de la guerra se sostenía de ella— y que Rafael Montoro, [1] figura tan condenada, advirtiera que no podíamos constituirnos como nación independiente.
La historia se repite, y hoy regresa esa época de grandes líderes y héroes casi legendarios. Pudiéramos pensar que ellos se han impuesto, pero en realidad la sociedad los ha aceptado, porque es a donde la llevan sus capacidades y necesidades: ellos han sido un resultado que ha venido a resolver las adversidades que se enfrentan.
Desgraciadamente, tras tantos años de colonización, saqueo, conflictos internos en la región, agresión e injerencia de Estados Unidos, y la inyección de fenómenos foráneos como el pandillismo y la marihuana, han sumido a América Latina en un atraso que la sitúa en desventaja respecto al civilizado continente europeo.
Esas condiciones (y muchas otras) nos hacen movernos aún en un sistema que se centra en el líder. Todos nuestros flujos de izquierda progresista han tenido esas características, al igual que nuestro país. Tal vez, si no hubiese sido así, no se habrían podido obtener tantos logros.
La construcción social no puede esperar a que todos los ciudadanos tengan la suficiente preparación para ejercer ese modelo sin un hombre como centro. Como pueblos resultantes de dominaciones extranjeras, debemos pagar por ahora ese precio con nuestro subdesarrollo.
Recuerdo a Marx cuando decía en El Capital que la religión desaparecería cuando el desarrollo de las fuerzas productivas lo condicionara. Al igual que la religión, lo mismo ocurrirá con lo que envuelve a nuestros líderes y lo que eso genera en materia de política y poder.
Pero las cosas no se destruyen condenándolas: solo se dejan atrás si se crean las condiciones que permiten llegar a un punto superior. Por eso espero que esos líderes generen el proceso que, poco a poco, reproduzca una sociedad que difunda las buenas prácticas, no por la voluntad de sus líderes, sino por su propio funcionamiento.
Notas
- Líder del partido autonomista en tiempos de Martí.
- política
- historia
- Revolución cubana