Líneas sobre un activista
Sobre Luis Manuel Otero Alcántara. Me opongo rotundamente a su detención y defiendo el Estado de derecho que la constitución proclama. Pero su discurso duro y el dogmatismo intolerante de cierta oficialidad son el norte y el sur de la misma brújula. Debatir en la Cuba de hoy es un ejercicio revolucionario, pero un mensaje que solo fomenta dividirnos en dos bandos es más de lo mismo.
Comenzando con la transparencia, aclaro que me refiero a Luis Manuel Otero Alcántara. Sí, a ese mismo.
Como cada noche —cuando los datos me lo permiten— reviso mis redes sociales. Intento responder todos los comentarios a amigos, conocidos, o a todo el que de una forma u otra interactúa. Recorriendo publicaciones, vi un denominador común: una serie de ¿ideas? de alguien que se mostraba poco respetuoso y agresivo. Decidí sumarme al debate; sin embargo, una vez más mis comentarios excedían el espacio que Facebook te permite usar para tal intercambio. Por tanto, los comparto así, en forma de post.
He visto cómo se proyecta, las cosas que dice, que hace. Sobre él escribo. No dudo que sea alguien valiente. Imagino que estar tras las rejas de forma sorpresiva y saber que en cualquier momento puede pasar lleve cierta dosis de valentía —póngasele la cuantía que se quiera, a gusto y partidismo del lector—. Salto la cuestión del arte que hace, de si lo es o no. Poco sé de ese tema, y no asumiré al respecto los criterios de la academia, ni tampoco de sus defensores. No creo que eso aporte mucho. En cualquier caso: hay malos artistas —hablo de fuera de Cuba también, por si alguien asume de modo extremista esta idea y no es capaz de trascender el contexto— que son famosos más por sus excentricismos que por su arte; así que si este es uno más, me da igual.
Es cierto que lo detienen —y mucho—. Rotundamente me opongo a su encarcelación, detención, arresto —lo que sea desde el punto de vista técnico—. Defiendo el Estado de derecho que se proclama en la constitución y que por momentos sospecho que es decorativo, o mejor dicho, que es una declaración política más que un hecho. Apoyo que en Cuba todos tengamos los mismos derechos, que las razones de estado deben jugar las mismas reglas del ciudadano —desde el más ilustre hasta el más despreciable—. Pero la cuestión aquí no es esa, sino el activista político que es Alcántara. No hablo de su vida privada —que la desconozco—, y no creo que entre en escena aquí. Ya que es un activista, hay que verlo como tal.
Su línea de discurso es muy dura: habla de dictadura, y hace un llamado a la rebeldía, la desobediencia, etc. Humanamente es entendible su reacción ante un estado que linda el totalitarismo, o mejor dicho, donde la democracia liberal, la democracia plena y la democracia divina son asignaturas pendientes por aprobar —para bien o para mal—; pero ¿qué representa su discurso político? Dice la mecánica clásica que una fuerza genera su opuesto dentro de un sistema de coordenadas. Bueno, al parecer, la línea más dogmática, histérica/histriónica e intolerante —fíjese que no he dicho oportunista— de la práctica de organizaciones políticas, y que aún se puede notar a la cabeza de algunas como la CTC y la UJC, ha generado su fuerza opuesta: una oposición dogmática, histérica/histriónica e intolerante —y tampoco le he llamado oportunista—. Y es que están formados estos extremos por el mismo marco referencial: uno para idolatrar —diferente de amar— y otro para despreciar. Unos le llaman perros, lacayos, ¿algo más?, de seguro otras tantas ofensas que ahora no recuerdo —ni quiero—; los otros, igual. Unos no entienden que una persona tenga iniciativa sin estar pagada, inducida o manipulada por una potencia extranjera; otros no entienden que no se hagan por obligación, porque se le mandó, porque se le dio la orden. Ambos son incapaces de creer en la voluntad de las personas, en sus deseos, sueños, aspiraciones. Para ellos, todos somos unos manipulados y engañados; su discordia consiste en que no coinciden en cuál es la fuente de la manipulación.
Y es que están tan adoctrinados en el a favor o en contra —abstracto— que la materialización consciente de esto ha servido a los que hacen de su partidismo un modo de vida. Unos viven de repetir las mismas consignas que correspondían a hace 60 años, otros hablan como si viviéramos en los tiempos de las UMAP. Mientras Cuba cambia, mientras se generan nuevas formas de pensar y producir la realidad, mientras adoptamos batallas propias de una cultura posmoderna y desprejuiciada, aquellos se quedan en sus extremos, atrapados en el tiempo.
Pudiera seguir diciendo rasgos, pero hay una infinitud de aplicaciones al pensamiento de las personas que ven el mundo blanco y negro —y actúan en consecuencia—. Los muestro en par, no para amortiguar, sino porque estos extremos son el norte y el sur de la misma brújula —téngase en cuenta que están dentro del mismo campo magnético—. ¿Seré yo el único que nota esto? Para el gobierno, de no ser por el bloqueo, seríamos el paraíso; para la oposición, de no ser por la dictadura, seríamos el paraíso.
Ahora, solo me referiré a esta línea dura del activista en cuestión. Sugiero que debería apostar un poco más por conocer algo de historia como ciencia. Así, por ejemplo, un pensamiento asumido por la dirección del país en otra época, y que iba a tono con el espíritu de esta a nivel mundial —occidental, más bien—, se le juzga como un mal de la «dictadura». Un caso simple: el trato a la homosexualidad. En el año sesenta, ser homosexual era problema en casi cualquier rincón del mundo. Ya me dirán: ¿cómo en este país culturalmente atrasado y subdesarrollado era algo de la «dictadura» el trato cruel a la homosexualidad? De ser consecuente con estas ideas, Espartaco era un oportunista porque no planteó la revolución proletaria, y Aristóteles un bruto por no conocer la dialéctica materialista, ah… y Newton lo mismo, que no descubrió la relatividad. No, un poco de seriedad al enjuiciar la historia —es solo un consejo—. Vaya, que a cada período histórico se debe ver más o menos de acuerdo a su contexto. ¿Se recuerda lo de las peras y el olmo? No es que justifique, es que lo mínimo que se puede hacer es tener ideas que sean medianamente objetivas.
Si bien se han cometido muchos disparates, errores, arbitrariedades, horrores —no lo dudo—, hay que, insisto, ser un poquito serios. Ninguna dictadura se sostiene 60 años. Es decir, el sistema cubano no puede ser una chapuza, una mentira, un engaño, estar todo mal, y al mismo tiempo durar 60 años. No, claro, ¡no todas las épocas son iguales! Pues eso mismo diría yo ante el tema UMAP. El caso es que la idea de la dictadura es un facilismo ideológico, pero de poca solidez teórica. Ningún gobierno poco democrático es capaz de sostenerse sin el respaldo de las mayorías. Y eso es lo que más duele. Es verdad que carecemos de un ejercicio democrático —nuestro sistema electoral es casi un ritual político—, pero no acepto el discurso opositor duro que se sigue porque mucha gente aún cree en él. Habrá que aprender que las relaciones de poder se generan en la sociedad civil y se reflejan en una estructura política. Es decir, si el gobierno se ha seguido, es porque se ha sustentado sobre unas relaciones de poder construidas desde la sociedad civil —eso está en Marx, en Gramsci, en Foucault, en Acanda; pero cabe la posibilidad de que el fanatismo reniegue de «los pensadores comunistas asesinos esos»—.
No se puede confundir la discriminación ejercida hacia unas minorías con la falta de legitimidad de un sistema social. La oposición radical ha sido una minoría en la sociedad cubana, y mientras lo sea, a lo más que puede aspirar es a que se respeten sus derechos. Pero de eso a reclamar que es para ellos la hegemonía sobre la sociedad va un acto de delirio. Hay muchas cosas mal en Cuba, estructurales y sistémicas, incluso que son contrarias a lo que cree mucha gente que es; pero el asunto es ese: que los portadores —merecido o no— de la Revolución como producto cultural tienen la hegemonía. Y no es tan simple como que la gente esté «engañada».
Quizás mientras escribía se desdibujó la diferencia entre pasado y presente —y futuro—. Hasta ahora la oposición no ha sido dominante, por eso el proyecto político —de la burocracia, de la revolución, ahora no importa de quién— ha estado presente. No niego que la oposición haya crecido en Cuba, pero creo que no es mayoría. Así que no se confundan sus derechos con el reclamo del ejercicio del poder. Podrán llamarle —a mi juicio, equivocadamente— dictadura, incluso es su derecho. Pero el condenar y ofender al diferente es lo que es condenable. También marca la diferencia entre quien solo vocifera y un verdadero activista social.
No me referiré a las andanzas del activista, que es un camino bien trillado, pero diré que lo veo con gente cuyas acciones hacia Cuba traerían como resultado un mundo algo peor que el que tenemos. Una vez más llamo a la cordura: cualquiera que intente practicar la ciencia social —y no se trastoque esta con consignas políticas— sabe que un libre mercado —que nunca es libre, hay que revisar la historia económica del mundo—, en condiciones de este subdesarrollo, no lleva a nada. Y aclaro que no estoy a favor de la vulgata de la planificación centralista —lo digo antes de que se me lleve al otro extremo—. Por si acaso: el debate mercado-planificación es un debate más ideológico que rigurosamente teórico, superado hace muchos años, y solo reproducido por los atrapados en el reloj.
De seguro, al leer estas líneas, puedo ser acusado de todo eso mencionado antes, pero ya se sabe que para muchos las personas no tenemos iniciativa. A ver si me sacan lo de ciber… No dudo que aparezcan otras ofensas, de mayor calibre. Un amigo me advirtió de escribir estas líneas. ¿De qué?, no sé. Pero sí vi cómo fue hackeada La Joven Cuba cuando salió un post cuestionando el activismo de Alcántara (no me quedó claro si había relación o no). No busco fama, no. Si acaso alguien me conoce, me lee, no es por este tipo de textos. Tampoco creo que esto sea provechoso para dicha fama, más bien lo contrario; como puede verse, me deja en medio de una especie de querella personal. Si buscara fama, sería más lógico un debate con Iroel Sánchez, un tipo polémico y conocido en toda Cuba, ¿no es verdad? Esto no tendrá cobertura oficial. Tampoco saldrá en CiberCuba —o parecidos—, no entra en agenda.
Recuerdo que siempre me han dado el consejo de escoger batallas. No creo que esto lo sea, pero ¿por qué callar cuando no concuerdo? Vuelvo directamente a Alcántara, por si sueno disperso. Veo cómo se expresa, cómo lidia sus batallas verbales. No sé si es odio, si es de la boca para afuera, pero juzgo a la gente no por lo que defiende —que parece una postura muy positivista—, sino por el cómo lo defiende. Agrego a eso: qué proponen. Me pregunto qué haría Alcántara con el poder de su despreciada dictadura. Si se valora por la agresividad de su discurso… ¿qué hará, quemar marxistas como yo? No creo que proponga algo menos malo. No creo, no: sé que tiene menos tolerancia al diferente que esos que critica. Y un mensaje político que solo pretende fomentar que nos dividamos en dos bandos es más de lo mismo. Es un activismo poco reivindicador de una sociedad mejor. No es un mensaje de una Cuba para todos, sino la de quitársela a unos para dársela a otros, lo que se transmite.
Puntualizo que esto no es una crítica a la oposición, en la cual se encuentran personas honestas, al igual que en la oficialidad, o en cada grupo político, religioso, etc. Esto es directamente unas líneas sobre Alcántara —sobre sus ideas, aunque haya quienes no noten la diferencia—; es mi reflexión sobre su labor. Tal vez tenga más iniciativa física que la «dictadura» —que es como le gusta llamarle al gobierno—. Sin embargo, mi tono es este porque está dirigido a un activista —sin comillas—. No quería que fuera de esta manera, y sé que solo así cobra vida la persona en cuestión, pero era inevitable un tono personal. No violo otra ética que la de los partidismos, la de las transgresiones que violan los pactos silenciosos que se tejen en lo político por juego de interés. Pero mi apuesta no es por un estatus. En cualquier caso, en esta Cuba de hoy, debatir es un ejercicio revolucionario. No necesariamente espero respuesta a la altura.
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