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Para qué los intelectuales

La ideología en el poder ha ejercido siempre control sobre la ciencia: el medioevo la sometía a la teología, el capitalismo suma a los herejes a su mundo, y el socialismo real retomó los métodos duros. Seguirá perdiendo la ideología oficial a la intelectualidad mientras no sepa usar su potencial y siga descalificando como enemigos a académicos y científicos.

Por Miguel Alejandro Hayes · 14 de enero de 2019 · 5 min de lectura

Publicado en La Joven Cuba

Filosofía2019
MAH

La ideología siempre ha sido un mecanismo de dominación. La ciencia, que a veces también es ideología, le intenta hacer frente. Por eso, la ideología en el poder ha ejercido control sobre la ciencia, incluso en el socialismo.

Ya en los sofistas se podía ver que la ciencia estaba orgánicamente al servicio del poder. Pero las fisuras entre esta y la ideología dominante no hicieron llegar la sangre al río.

El caso del medioevo es interesante: su filosofía estuvo estrechamente ligada a la religión como ideología dominante, pero a pesar de ello, alguno que otro grupo (como los aristotélicos integrales) se esforzaba en separarlas. Para estos había dos caminos de entendimiento: el de aquellas lecturas acríticas a las concepciones aristotélicas del mundo increado, y el de la teología.

Como se pueden imaginar, tal relación no fue muy pasiva. La filosofía teorizaba, pero debía ser constatada. Para ello, la teología señalaba lo correcto. Si la primera llegaba a una conclusión que no le convenía a la segunda, entonces debía autorrevisarse.

Con ello, la filosofía (la ciencia) dependía de una fuerza extrínseca que le señalaba sus límites. Debía someterse a la ideología dominante, a la iglesia católica. Sucesivamente, y con más fuerza que nunca desde entonces, el conocimiento que no sirve al poder y su ideología es desechado. O el hombre creador de ese conocimiento, en algunos casos.

El capitalismo, por su parte, con su llamada «ideología de mercado», no ha sido la excepción de esa regla, pero a veces utiliza una práctica algo más inteligente: suma a los herejes a su mundo. Si lo que se desea esencialmente es neutralizar las ideas que atentan contra la ideología dominante, ese método es muy válido.

Por eso nos encontramos a figuras como Noam Chomsky dando clases en el MIT, y muchos pulóveres del Che dentro del sistema capitalista. De una forma u otra, las ideas y símbolos pasan por las reglas del sistema —aunque se opongan a este en su discurso— para quedar neutralizado su carácter de catalizador revolucionario. Después de todo, los diez mecanismos de manipulación mediática le sirven al dominado, pero también al dominante. El Che alimenta la rebeldía, pero genera ingresos por toda la bisutería de su imagen. Tal parece que en ocasiones, cuando le conviene al capitalismo, encauza y aprovecha para su bien aquel pensamiento que le pueda ser perjudicial.

Entonces, la ideología dominante puede asumir al pensamiento de dos formas: lo rechaza y elimina, o lo convierte en aliado.

Por otro lado, el socialismo real tiende a retomar los métodos duros del medioevo, la primera vía. Solo basta recordar la «limpieza» a la intelectualidad que hizo Iósef. Este rescató el papel de la iglesia católica frente a la ciencia. Llegó a afirmar: «…una teoría, cuando es verdadera, proporciona a los que realizan la práctica la fuerza de la orientación, la claridad de la perspectiva, la seguridad en el trabajo y la fe en la victoria de nuestra causa». Con ello, la ciencia debía regirse por una fuerza extrínseca nuevamente, por una ideología, esta vez la de la élite burocrática socialista. Si no, se convertía en enemiga, y el tratamiento no siempre fue el mejor de los posibles.

Parte de aquel criterio de la fe en la victoria lo heredamos —que no significa que los copiamos—. Por eso, ante juicios técnicos de la imposibilidad de la Zafra del 70, más de uno resultó ofendido. De la misma manera, un par de economistas que hablaban de fomentar eso que hoy llamamos eufemísticamente trabajo por cuenta propia, en épocas en que no se soñaba aún esa necesaria apertura, fueron tachados de procapitalistas.

Hoy se sigue enfrentando el mismo cerco —en menor medida, claro— en materia de ciencia social. De ahí que esta, si no reafirma la postura oficial dominante, automáticamente es catalogada de ciencia burguesa o enemiga para ciertos grupos que, al parecer, cuentan con la capacidad de calificar y descalificar la ciencia. Por eso duele ver cómo cada vez son más los académicos e intelectuales cubanos que son descalificados por funcionarios que desconocen las áreas del saber de aquellos, para convertirlos en enemigos ideológicos.

Tampoco falta, en ciertos espacios «alternativos», la sustitución de la palabra académico por academicista —ofensivo esto— y la palabra intelectual utilizada entre comillas, como poniendo en duda dicha condición. Casi un rechazo al ejercicio intelectual, para apostar simplemente por la fe en el socialismo.

Seguirá perdiendo la ideología oficial a la intelectualidad mientras no sepa utilizar el potencial de esta. Mientras sea el comprometido (con el poder y con la satisfacción personal de ascender dentro de la estructura) quien sea el tanque pensante y tenga luz verde en los asientos para hacer el diseño del armazón de la constitución, y se deje fuera a un gran grupo de expertos y científicos que ha formado el país.

A la par, seguirán ocurriendo esas meteduras de pata administrativas que cometemos más frecuentemente de lo que podemos permitirnos, los vacíos y errores que los medios independientes no pararon de señalar en el proyecto de Constitución.

Todavía se arrastran esos lastres ideológicos de las etapas más oscuras del socialismo, donde a la intelectualidad se le miraba con resentimiento, y hay evidencias de que se sigue apostando por la misma solución que en aquel socialismo. Espero que todas esas prácticas no sean porque se afecta la hegemonía ideológica de las élites burocráticas dominantes. De ser cierto, estamos a inicios de año: puede arreglarse.

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