Silvio es Silvio
A propósito de las declaraciones en las redes contra Silvio Rodríguez. En la trova encontré una salida a los dilemas de un joven que nunca supo cómo mejorar su país sin contribuir a su destrucción. Su música enriquece esa cultura de resistencia que tanto necesitamos los pobres. No creo que un burócrata pueda cambiar eso. No lo defiendo porque no hace falta: ¡Silvio es Silvio!
A propósito de algunas declaraciones que se han visto en las redes contra el cantautor cubano Silvio Rodríguez y la polémica al respecto.
No me gusta la mayoría de la música que produce la industria. Para mí es solo una buena envoltura, bien actuada. Si no veo algo más, un lado humano, altruista, la ignoro. Quizá por eso solo escucho cantautores, especialmente la trova. En ella encontré una salida a los dilemas existenciales de un joven que nunca supo —y todavía no cree saber— cómo mejorar su país sin contribuir a su destrucción.
Entre tantas canciones, hubo una que me marcó: Por quien merece amor. Era esa canción que le dedicaba a cada novia, pero que siempre rechazaban porque no iba de ellas, sino de algo más grande —al menos eso entendía yo—. Esa canción que me devino en himno, y a su vez me llevó a otras de Silvio, a los diarios del Che, y a mis lecturas fallidas al Moro, caracterizaba las mayores utopías de mi adolescencia.
Hoy no puede faltar en mi móvil una carpeta —junto con Sabina— de Silvio. Con ella combato la posmodernidad penetrante, y de paso respondo al vecino que ofrece líricas de tubos cilíndricos de madera de carácter celestial. De seguro, con cierta variación, mi caso es también el de muchos jóvenes cubanos, cuya adolescencia de tardes en el malecón, en la beca, en cualquier portal o acera, iba con una botella y un desafinado coro de «yo me muero como viví». Incluso, esa realidad no es de Cuba solamente: pertenece a toda esa juventud de izquierda que resistió, que cantó a Silvio en medio de una dictadura.
Aclaro que no conozco a Silvio, ni se lo recomendaría a él, porque no podría escapar de un debate político interminable, y de seguro discutiríamos mucho —me imagino—. Además, lo obligaría a explicarme Días y flores, que me encanta, pero que no la entiendo bien.
Ya hay quien no está dispuesto a esperar y quiere hacer de su icono pedazos. Pero su música está ahí: la escucho, me llena, y lo hace con muchos de todo el mundo. El barrio espera su concierto con entusiasmo. Hace historia, y continúa enriqueciendo esa cultura de resistencia que tanto necesitamos los pobres. No creo que un burócrata, acompañado por otros de su clase, pueda cambiar eso. No lo defiendo porque no hace falta. Si se me permite la identidad: ¡Silvio es Silvio!
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