SNET
Solidarizarse con SNET —la red de la calle— es un ejercicio de conciencia válido. El 17-A fracasó por la presión de la Seguridad del Estado y la autopresión de los participantes, que revela el panóptico foucaultiano. Pero eran un grupo de jóvenes conectados para jugar, no activistas: no se les pida lo que otros no tienen el valor de hacer. Iniciaron una carrera de relevo. ¿Se sigue?
No estoy conectado a la red. Supe tardíamente de su existencia. Mi cotidianidad más inmediata no es atravesada por su presencia. Su alcance está lejos de amigos más cercanos —por los que supe de ella—, familiares y seres allegados. Pero eso no quiere decir que me sea un asunto ajeno. No se trata de que me sume a la causa para estar en oposición al gobierno —que ni es un deporte, ni da dinero (al menos a mí), y mucho menos atrae mujeres (u hombres, en dependencia del gusto y la cantidad a consumir)—, sino que es más bien un problema el ser no muy políticamente correcto.
La solidaridad es algo que se intenta inculcar a todo cubano nacido luego de 1959. Es una palabra que se reproduce en el discurso político oficial —y en el que no lo es también—; después de todo, fuimos a Angola, el Che a Bolivia, mandamos médicos a América Latina, luchamos contra el ébola y nos brindamos ante cada desastre natural, y ahí hay solidaridad, no como un acto consciente, sino orgánicamente.
De ahí que una buena razón para que un joven que no usa la red de la calle —y que posiblemente no la use nunca— se sume al reclamo por la supervivencia de esta es precisamente esa: la solidaridad. Imagino que el derecho a ejercerla no haya quedado secuestrado de mano de las instituciones y organizaciones gubernamentales, y que tampoco posturas estatólatras hagan «más legítima» una solidaridad que otra. Por tanto, solidarizarse con SNET es un ejercicio de conciencia, válido. Digo esto para evitar las etiquetas que comienzan a proliferar sobre las posturas asumidas ante la decisión del MINCOM.
Me abstengo de hablar de los resultados. Para ello habrá expertos, tanto en el campo de la computación y las tecnologías como en lo jurídico, que sean capaces de analizar el posible impacto, ya sea para los usuarios o para la legalidad de la medida gubernamental. Sin embargo, dado que mi postura es del lado de la supervivencia y de mantener a SNET, propongo algunas ideas centradas en el reclamo —o lo que pudo ser— llevado a cabo por un conjunto de administradores y usuarios de la red de la calle que resultó neutralizado en su segunda jornada —segundo fin de semana en que se iba a realizar la protesta frente al MINCOM—.
Lo primero es que considero que dicha actividad —la del 17 de agosto que no se realizó— fracasó porque sus participantes no fueron capaces de soportar la presión ejercida por los órganos de Seguridad del Estado, por un lado, y la autopresión que se hicieron los pocos participantes, por el otro. De ambas, la segunda es la más importante.
Si bien es cuestionable el alcance de los órganos de seguridad y la importancia que estos le hayan dado al 17-A —y es difícil saberla a ciencia cierta—, es innegable —sea infundada o no— la visión social, incluso el estigma, alrededor de la Seguridad del Estado. Para muchos, esta está en todas partes, lo puede escuchar todo, y puede extender su mano y expulsar a cualquiera de su centro de trabajo o estudios. Según Foucault, no tenemos que ser vigilados todo el tiempo. Basta que estemos organizados socialmente como un panóptico, donde no seamos vigilados permanentemente pero sí podamos serlo en cualquier momento, para que las personas actúen como si lo fueran a cada instante. Es por eso que todo lo que se hizo y lo que se pudo por parte de los protagonistas de la manifestación fue teniendo estos una subjetividad que se pensó —y no sabremos cuánto fue así realmente— asechada. Hasta aquí, diría que la causa del fracaso del 17-A fue la capacidad de frenar a los participantes por parte de la Seguridad del Estado y la autocensura y apropiación cultural que ha hecho la sociedad de tal capacidad de contener/reprimir de la seguridad. Esta segunda cara de la moneda nos da una medida de cómo se ve a una de las instituciones sobre las que se sostiene el poder político del Estado.
De lo anterior deriva algo que en primera instancia es cierto, y es que no se puede organizar de manera espontánea o independiente algún reclamo contra una decisión gubernamental, porque siempre este ocurriría si cuenta con el permiso del propio gobierno. Por tanto, la palabra final siempre la tendrá este, y los límites serán los intereses del estado —de la clase que está en el poder y sus subalternas aliadas—. Generalización que conduce a los conformismos propios del estructuralismo, y que incitan a la inactividad.
Pero es necesario tener en cuenta que, si bien se pudiera reprochar a SNET su flaqueza ante los métodos que se usaron para pararlos, el que hayan sido ellos los sujetos de la protesta lleva a extraer lo positivo en cuanto al resultado movilizativo. Recuérdese que la red en cuestión no es una organización política ni de otra índole, no es una estructura centralizada —cosa difícil de asimilar en un país donde todo viene de arriba— y que no constituye un cuerpo unificado —ni siquiera coherente— de creencias políticas o ideología política. Simplemente, se trata de un grupo de personas conectadas con motivo de jugar e intercambiar información. Luego, lo que se logró desarticular no era una organización ni algo lo suficientemente peligroso por su poder en un encuentro frontal. El éxito oficial no fue contra otra cosa que contra ese grupo de jóvenes que estaban conectados por una red. No eran activistas sociales, y como tales no se les puede pedir. Y eso no es desalentador para el ejercicio ciudadano. Y no lo es en la medida en que se comprenda lo importante que ha sido el 17-A para ir creando un precedente.
Hay que recordar que en otros tiempos era impensable algo como lo ocurrido, de lanzar una convocatoria. Y no me refiero a que no se contaba con la infraestructura para hacerlo, sino con una subjetividad en los cubanos que nos hiciera capaces de que se nos ocurriera aquello de manifestarnos en contra de una decisión.
Pudo el 17-A ser más, pero se puso un grano de arena. Se razonó en la unión y en manifestarse. ¿No es eso grande? Contribuye a la conformación de una cultura en pro de los derechos civiles. Lo impensable, ahora ya se piensa. ¿Qué impide, aunque fracase, que se repita la idea de la agrupación y de plantar en un espacio físico? Los muchachos de SNET no eran tal vez los más preparados para enfrentar directamente una medida con la que no se está de acuerdo, y de la forma en que se quiso hacer, pero iniciaron un proceder. No se les pida lo que no podían dar, y menos que hagan lo que otros no tienen el valor de hacer. Ellos comenzaron una carrera de relevo. Su tramo culminó. ¿Se sigue?
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