Nadie sabe cómo tumbar una dictadura
En el debate cubano se habla de derrocar la dictadura como un 1-2-3, pero no existe una vía universal. A partir de 716 salidas de autócratas entre 1950 y 2025, el autor muestra que el partido único rara vez cae por invasión, revuelta popular o golpe militar: la única con base histórica decente —la transición pactada bajo las propias reglas del régimen— es, paradójicamente, la que menos ha trabajado la oposición cubana.
Nadie sabe cómo tumbar una dictadura. Sobre todo, porque no hay una forma clara y universal de hacerlo. Sin embargo, en el debate político cubano se vive casi como si fuera todo un sencillo 1, 2, 3, porque si en algo somos expertos los cubanos es en saber cómo llegar del punto A al punto B.
Pero hace 50 años viene llegando ese punto B, que se quedó atrapado en la I-95 de la liberación. Muchas palabras, pocas acciones. Parálisis de futuro, y así llegamos a hoy, con un exilio enclochao en el tiempo, cuyo mito fundacional es que Estados Unidos derrocará un día el castrismo: a veces, mediante una invasión —que, en 75 años, en el mundo entero, explica solo el 2.5 por ciento de las caídas, y ninguna desde 2016—; a veces, gracias a una rebelión popular provocada por el combo de reconcentración castrista-sanciones norteamericanas; a veces, por unos militares que se cansan y dan un golpe de Estado.
De los tres, la primera parece ser una fantasía sin acciones concretas dentro de la propia comunidad que la respalden. La segunda no es estrategia, sino identidad y cultura. Marchas del pueblo combatiente miamense para pedir el cierre de agencias de envíos a Cuba, persecución constante de mulas y remesadores, de empresas que venden cualquier porquería en la isla del nohay y de fulanito que es primo del sobrino del cuñado de un cuadro del Partido Comunista. La tercera se diluye en un llamado de sofá a que los militares cubanos se levanten.
Y todo eso, casi siempre, sin mirar la historia ni los datos. Cuanto más, el cómo derrocar a la dictadura pasa por una especie de estética del cambio: voces autorizadas (por las redes) que se encariñan con la vía chilena, la española, la checoslovaca, ¿la puertorriqueña?, para salir de la dictadura. Pero hay datos. Y sugerentes.
Son 716 salidas de autócratas en el mundo entre 1950 y 2025 [1] que dejan lecciones sobre cómo se sale de una dictadura.
En primer lugar, la mayoría de los líderes autocráticos ha gobernado bajo un partido único y, entre ellos, el 60 por ciento ha salido del poder por las propias reglas del régimen, como transición pactada; el 18 por ciento, debido a muerte natural; casi un 13 por ciento, como consecuencia de un golpe de Estado o insurgencia de mandos militares, y apenas un 2.4 por ciento, a causa de una revuelta popular. En perspectiva: tres de cada cuatro veces que un líder de partido único sale del poder no cae el régimen, sino el hombre.
Y hay una razón para eso: el partido único es el tipo de régimen que menos cae por golpe de Estado. Ese casi 13 por ciento contrasta con el 37.2 por ciento de los regímenes personalistas, el 35.8 por ciento de los militares, y el 27.1 de las monarquías. En otras palabras: el uniforme no decide dónde hay un aparato con reglas de sucesión propias y control político sobre el mando militar.
Ahora bien, esos porcentajes no son para tanto. No hay correlaciones fuertes como para pensar que existe una vía determinista para tumbar una dictadura. Hay apenas una que asoma: las dictaduras más cercanas a nuestra época tienden a durar más que las de mediados del siglo XX. Y hasta esa hay que tomarla con pinzas. Las dictaduras flojas de aquellos años cayeron rápido y llenaron las primeras décadas. Las que llegaron hasta hoy son, evidentemente, las más fuertes, y por eso aguantaron.
Así que, cuando se trata de vías, lo más certero que hay son algunos patrones del pasado. Y no acompañan a los dos llamados de siempre. El de que los militares se rebelen es el más plausible de todos —casi un 13 por ciento—, y aun así choca contra el tipo de régimen más blindado contra el golpe. El de lanzar la gente a la calle por la reconcentración castrista-trumpista corre peor suerte: menos del tres por ciento de los casos.
Por otro lado, Cuba no es un caso promedio, claro. Y es que ninguna de esas 716 salidas ocurrió en una isla con apagones de 20 horas, con un quinto de la población fuera del país y con un relevo generacional en curso. Los números no dicen qué va a pasar aquí, sino qué ha pasado allá afuera, unas cuantas veces, y eso ya es más de lo que ofrece la inercia política en que vivimos. Demasiadas certezas matan.
También vale aclarar que la calle sí sirve en la lucha contra dictaduras, aunque casi nunca aparezca como forma de salida. Buena parte de esas transiciones «por las reglas del régimen» ocurrieron porque hubo antes una presión popular que la élite no pudo ignorar. Es decir, la calle rara vez derriba sola una dictadura, pero es un insumo del cambio que, cuando funciona, le modifica el cálculo a los que no pensaban que tendrían que negociar una salida.
Nada de esto está escrito en piedra, y cualquier cosa puede pasar. Pero la vía del 60 por ciento —la transición del régimen bajo sus propias reglas— es la única con una base histórica decente, y, por cierto, la que menos trabajo político ha recibido por parte de opositores y exiliados cubanos. No hay estrategia, ni suficientes líderes preparados, ni nada pensado para el día después; ni siquiera un vocabulario para nombrarla más allá de acusarla de cambio fraude o de cosa de dialogueros.
El único intento real por esta vía se parece bastante a una nota al pie: una discreta política de fin de administración, montada sobre gestos, sin una ley que la protegiera, revertida por la administración siguiente casi sin costo. Y, mientras duró, un grupo la convirtió en negocio: la apertura obamista terminó siendo, para unos pocos, una licencia de importación y encadenamientos productivos entre colegas que no derramaron nada en favor del desarrollo de Cuba. Es decir, ya se ensayó mal la única vía que los datos respaldan, y del fracaso de ese ensayo muchos dedujeron, por supuesto, que la vía no sirve.
De ahí que la lucha por un cambio de sistema en Cuba siga presa de arranques emocionales y consignas poéticas que el propio castrismo le ha exportado a la derecha. No se trabaja lo probable ni lo improbable.
Una guerra de independencia sin un solo Garibaldi.
Notas
- Véase Archigos, el proyecto sobre regímenes autocráticos de Geddes, Wright y Frantz. Y revisión propia de la última década.
Cómo citar
Hayes Martínez, Miguel Alejandro. «Nadie sabe cómo tumbar una dictadura». El Estornudo, 2026. https://miguelalejandrohayes.com/ensayos/nadie-sabe-como-tumbar-una-dictadura